Artículos III

Sueño profesional




Me gustaría tener que acostarme, de domingo a jueves, a las ocho de la tarde. Me gustaría tener que levantarme, de lunes a viernes, a las cuatro de la madrugada. Me gustaría llegar a mi trabajo a las cinco y comenzar a leer toda la información del día, ver lo que hay planificado para cada día y escribirme un guión. Ese guión cada día sería diferente, claro, pero siempre utilizaría tres ingredientes: tenacidad, sarcasmo y buen gusto. Me gustaría sentarme de lunes a viernes en mi silla, cinco minutos antes de que dieran las seis, para que, segundos antes, me moje los labios con la lengua, y mientras se oyen unos pitidos, poder coger aire, y a continuación, despertar a toda España con toda la energía, el buen carácter y la profesionalidad de la que fuera capaz. Y seguir informando y entreteniendo a mi audiencia hasta el mediodía. Ese es mi sueño profesional, ser locutor radiofónico.




Mi tío




La profesión de mi tío es difícil de ejercer en la sociedad actual. Sabe mucho de historia, sobre todo de España. Por su profesión se ha tenido que trasladar en varias ocasiones y siempre que se ha cambiado de sitio ha buscado información de ese sitio para aprender sobre él. Ahora por ejemplo reside en Cercedilla y conoce parte de su historia, sobre todo cómo se vivió allí la guerra civil. Pero sobre todo le admiro por lo mencionado antes, su profesión. Y el valor que en ocasiones tiene que tener para ejercerla e ir por la vida con la cabeza bien alta sin avergonzarse de lo que es. Además de los esfuerzos que tiene que hacer para ejercer bien, ya que ahora mismo tener su profesión es casi ir a contracorriente. Mi tío es sacerdote. 


Que ganas tengo






Que ganas tengo de tener un despacho en un importante periódico en el que el director intentase por todos los medios domarme y yo no se lo consintiera, porque puedo. Que ganas tengo de que no sea ni demasiado grande ni demasiado pequeño. De tener una puerta con pomo y un cristal biselado en el que escriba con letras negras con remate: David J. Martínez. Porque ¿Para qué decir más? Tendría que poner: Director de cine, guionista, fotógrafo, escritor, periodista y locutor radiofónico. 

El suelo de madera tendría el mismo color que los tres muebles que ocuparan el cuarto. A la izquierda un perchero donde dejaría mi gabardina, mi sombrero a juego y, en caso de necesitarlo, mi paraguas negro con mango de madera. A la derecha un armario en el que sólo hay un par de camisas, un par de corbatas y en el maletero la funda de una máquina de escribir que hay sobre el escritorio. Sí, el que hay al fondo. A un lado de la máquina un taco no muy gordo de folios en blanco y al otro el periódico del día iluminado por un flexo color gris, redondeado y de luz directa. Sólo hay una lámpara que intenta competir con ella por iluminar más la habitación y es la que cuelga del techo con una gran bombilla vieja y de luz tenue cubierta por un cono metálico. Detrás del escritorio una silla de madera espera las posaderas de su dueño, y reclinarse conmigo mientras pongo mis relucientes zapatos encima de donde iría el periódico y éste en mis manos. Las cuatro ruedas de hierro sostendrían mi peso, el de mi amigo manchado de tinta y el de mi clásica pipa. 

Que ganas tengo de que me “pillase” en tal posición, ella. Esa mujer fatal de pelo negro como la noche, ojos verdes como gemas siempre entrecerrados y con esa sonrisa tan sexy. Entraría a ritmo de jazz con un contrabajo punteado y un saxo suave sonando de fondo, en mi cabeza claro. Muy bien maquillada, con clase y elegancia, al igual que sus zapatos de tacón que estilizan sus sinuosas y perfectas piernas con medias de costura. Llevaría un vestido hasta los tobillos, ajustado, pero con una raja lateral hasta el muslo, escotado de pecho y espalda acompañado de una boa de plumas, un collar de perlas hasta el ombligo, guantes hasta los codos y un sombrero tan elegante como ella. Maestra de la ironía y el sarcasmo y un tanto bohemia, como yo, pero siempre con ese toque femenino a sus comentarios. No viene a nada, sólo a verme y a fumarse un cigarro, si acaso, en esa boquilla kilométrica que tanto le gusta. También viene a hacerme sufrir, otro amor platónico, no correspondido, mi sino durante años. Cuando empiece a hablar apagará la pequeña radio que se me olvidó describir antes, que hay en el lado del escritorio opuesto al flexo, y me pedirá con los ojos que le ponga una copa de ese whisky  que guardo en el último cajón, junto con dos vasos de culo gordo, como todo el mundo sabe, pero que nadie se atreve a confesar. Aunque yo prefiero la crema de orujo que, naturalmente está mucho más gastada, ya que no suelo ofrecer nada a mis visitantes. 

Me falta describir un cenicero de cristal que llevé de mi casa, una planta en un rincón y un calendario de pared con fotografías de la mejor ciudad del mundo, que no me da la gana decir cual es por no despertar envidias pero donde se pueden ver los días pasados tachados con un aspa debajo de dos torres inclinadas. No puedo olvidarme de ese gran instrumento que condiciona mi vida diaria como es el reloj de péndulo colgado de la pared con puntualidad inglesa pero con hora española, símbolo de la precisión que me gustaría tener. Que ganas tengo de mirar por la ventana que hubiera detrás de mí, aparatando con los dedos las tiras metálicas de la persiana, mirando al anguloso y humeante horizonte de la ciudad y pensando lo lejos que veía mi sueño, y lo contento que estoy de cumplirlo. Seguramente nunca podré llegar a eso, por ser una época pasada, pero a algo parecido adaptado al siglo XXI seguro que sí, y que ganas tengo…